miércoles, 1 de agosto de 2012

Erase una vez...


Érase una vez a historia de un arbolillo y una niña. El arbolillo era tan tímido que parecía casi un arbusto. La niña lo descubrió un día, mientras buscaba alguna otra cosa que no llego a encontrar.
En cambio encontró a un joven tronco, a sus tímidas raíces, a sus ramas débiles y sus hojas pequeñas y amarillentas. Pero para ella, aquel era el más bello y frondoso árbol que jamás había visto . Aquella niña vio el potencial de aquel árbol. Casi podía sentir el frescor de la enorme sombra que arrojaba el flamante árbol en el cual se convertiría. Así que la niña decidió hacerle una promesa a aquel árbol. Aun a sabiendas de que el no podría escucharla le grito con todas sus fuerzas. Pero ella no se sentía ridícula gritando en mitad de aquel bosque. Gritando a aquel esmirriado y canijo arbolillo. Lo hacía de corazón y solo el viento fue testigo  de sus fieras palabras.
¡algún día seremos grandes. Creceremos y nos reencontraremos para ver los magníficos seres en que nos hemos convertido, Árbol! ¡Tú serás el árbol más verde y frondoso del bosque y yo volveré siendo la mujer más admirable que jamás hayas visto!
Pero la inocencia de aquella niña le jugó una mala pasada haciendo que se olvidase de aquel árbol y de la promesa que le había hecho.  Años después,  con los primeros pasos de su promesa cumplida, volvió al bosque.  Añoraba el olor fresco de la hierba, el ruido de la naturaleza, los colores vivos… algo le empujaba a aquel lugar. Llevaba tiempo buscando sin saber el que. Y cuando más se adentraba en el bosque mas fragmentos  de aquel recuerdo volvían a su memoria. Derrepente recordó todo y su cara se ilumino con una gran sonrisa. Corrió y corrió buscando al gran árbol que debía de ser ahora su arbolillo. A veces le entraba el pánico, pos si se le habría pasado por alto y no lo reconociese entre los otros árboles.  Pero ella estaba segura de que aquel árbol destacaría entre todos los demás, seria para ella el más bello y lo reconocería al instante. Y así fue, allí continuaba, sin duda destacaba. Y sin duda para ella seguía siendo el más bello. Pero oculto entre las sombras que proyectaban las altas copas de su compañero estaba el arbolillo. Diminuto en un país de gigantes verdes.
¡Que te ha pasado!
La joven no daba crédito a aquello. Parecida que el resto de sus compañeros lo hubieran dejado atrás en su camino a la cima. Como si lo hubieran abandonado. ¿O sería quizás que aquel arbolillo no tenía fuerza suficiente?¿Y si solo necesitaba que algo o alguien le diese un empujón? Igual que el efecto mágico que tiene en las personas que alguien cree en ellos? La joven decidida, lo abrazó y le susurró:
No te preocupes, yo te apoyaré y lograrás ser el árbol que tú quieras ser.
Comenzó regándolo todos los días, pues sus compañeros acaparaban todo el agua de la lluvia. Cuando llegaba lo abrazaba porque quería que se sintiera arropado y notase su cariño. Le cantaba canciones sobre el gran árbol en el cual se convertiría.
Preocupada porque aquello no fuera suficiente, comenzó a llevar tierra cargadita de nutrientes. Pues el resto de árboles apenas le dejaban para él. Y así día tras día sin que ella se percatase, llega el día en que dejo de poder abrazarlo. Aunque aun estaba lejos de alcanzar su sueño, había creado con todo aquel esfuerzo y se encaminaba hacia él. La joven le dijo entonces:
has crecido tanto que debo dejarte libre porque ya no puedo abrazarte. Pero no me iré. Me sentare a tu laso y te acompañare en tu camino.
Así que la joven iba hasta allí y se sentaba junto a él. Apoyando su espalda en su fuerte tronco y le contaba la historia de un arbolillo que había conseguido crecer para darle ánimos.  A veces tan solo iba allí y pasaba horas apoyada, solo para que sintiera su compañía. Cuando tenía un mal día se lo contaba y su fiel amigo le echaba sin rechistar. Ella se desahogaba, se queda mejor y se sentía más tranquila. Sabía que solo era un árbol. Pero ella lo había visto crecer y solamente por el tiempo y esfuerzo invertido se merecía algo más.  Había conseguido pasar de ser un brote a convertirse en un árbol joven, así que para ella no era un simple árbol más.  Su promesa estaba grabada en el interior de su robusto tronco.
Pasaban los días y uno de ellos vio para su pesar, como ya no podría apoyarse en el. Se había quedado dormida, recostada en él y cuando despertar notó el dolor en su espalda. Seguía creciendo y nuevas ramitas asomaban y le impedían que se pudiera apoyar más en él.  Debía dejarle espacio para seguir creciendo. No podía frenarlo ahora. Ella fue quien lo animo a seguir su sueño.
Pero sabía que había llegado el momento. Aquel árbol debía seguir ganando altura y coger a sus compañeros. Para por fin, convertirse en el más verde y frondoso árbol de aquel bosque. Se despidió entre lagrimas y le dijo:
Volveré algún día para ver cómo te va pero yo ya no puedo retenerte más conmigo aquí abajo.
Aquella vez  fue la primera de todas en que se sintió estúpida por hablarle al árbol.
Para ella, había sido un confidente, un apoyo, su ánimo, la fuerza para luchar por su promesa, la evidencia tangible de todo su mundo interior, del paso del tiempo, del transcurso de la vida y de ver crecer y florecer a un ser lleno de vida.  Era la esperanza en forma de árbol
Pero ella dudaba, sabía que ella para el árbol ya no era nada.  No había nada que pudiera aportarle. Le había dado cariño, agua, nutrientes… pero ahora su presencia para el árbol era insignificante. La realidad de que por mucho que le gritase o le quisiera agradecer el la ignoraría, cayó como toneladas de agua.  Todo su cuerpo se estremeció y abandono el lugar. Con el dolor en la parte posterior de su pecho que le había causado las ramas que ella había ayudado a crecer.
La joven paso unos cuantos días triste. Preguntándose a si misma si habría estado engañándose, proyectando en aquel árbol solo lo que quería ver. Fue después de todo esto cuando se dio cuenta de que debía ser independiente y buscar su propia felicidad. Tal y como había gritado en aquella promesa que se perdió en el silencio del bosque.
Prosiguió su vida y no se supo mas de ella por el lugar hasta el día de su muerte.
Aquella joven había decidido que al morir sus cenizas fueran arrojadas junto al árbol.
Y dice la leyenda que después de tal evento, un árbol de aquel bosque se alzo sobre los demás. Forasteros acudían allí por el boca a boca para ver tal frondosa belleza y verde majestuosidad.
Y así sin saberlo, la joven por fin fue uno con el árbol que tantos años había estado esperando por ella para florecer.
Manteniéndose fiel a su palabra y esperando por aquella joven que sin duda a lo largo de su vida se había convertido en la más admirable y leal mujer para aquel árbol.