Érase una vez a historia de un
arbolillo y una niña. El arbolillo era tan tímido que parecía casi un arbusto. La
niña lo descubrió un día, mientras buscaba alguna otra cosa que no llego a
encontrar.
En cambio encontró a un joven
tronco, a sus tímidas raíces, a sus ramas débiles y sus hojas pequeñas y
amarillentas. Pero para ella, aquel era el más bello y frondoso árbol que jamás
había visto . Aquella niña vio el potencial de aquel árbol. Casi podía sentir
el frescor de la enorme sombra que arrojaba el flamante árbol en el cual se convertiría.
Así que la niña decidió hacerle una promesa a aquel árbol. Aun a sabiendas de
que el no podría escucharla le grito con todas sus fuerzas. Pero ella no se
sentía ridícula gritando en mitad de aquel bosque. Gritando a aquel esmirriado
y canijo arbolillo. Lo hacía de corazón y solo el viento fue testigo de sus fieras palabras.
¡algún día seremos grandes. Creceremos y nos reencontraremos para ver
los magníficos seres en que nos hemos convertido, Árbol! ¡Tú serás el árbol más
verde y frondoso del bosque y yo volveré siendo la mujer más admirable que
jamás hayas visto!
Pero la inocencia de aquella niña
le jugó una mala pasada haciendo que se olvidase de aquel árbol y de la promesa
que le había hecho. Años después, con los primeros pasos de su promesa
cumplida, volvió al bosque. Añoraba el
olor fresco de la hierba, el ruido de la naturaleza, los colores vivos… algo le
empujaba a aquel lugar. Llevaba tiempo buscando sin saber el que. Y cuando más
se adentraba en el bosque mas fragmentos
de aquel recuerdo volvían a su memoria. Derrepente recordó todo y su
cara se ilumino con una gran sonrisa. Corrió y corrió buscando al gran árbol que
debía de ser ahora su arbolillo. A veces le entraba el pánico, pos si se le habría
pasado por alto y no lo reconociese entre los otros árboles. Pero ella estaba segura de que aquel árbol destacaría
entre todos los demás, seria para ella el más bello y lo reconocería al
instante. Y así fue, allí continuaba, sin duda destacaba. Y sin duda para ella seguía
siendo el más bello. Pero oculto entre las sombras que proyectaban las altas
copas de su compañero estaba el arbolillo. Diminuto en un país de gigantes
verdes.
¡Que te ha pasado!
La joven no daba crédito a
aquello. Parecida que el resto de sus compañeros lo hubieran dejado atrás en su
camino a la cima. Como si lo hubieran abandonado. ¿O sería quizás que aquel
arbolillo no tenía fuerza suficiente?¿Y si solo necesitaba que algo o alguien
le diese un empujón? Igual que el efecto mágico que tiene en las personas que
alguien cree en ellos? La joven decidida, lo abrazó y le susurró:
No te preocupes, yo te apoyaré y lograrás ser el árbol que tú quieras
ser.
Comenzó regándolo todos los días,
pues sus compañeros acaparaban todo el agua de la lluvia. Cuando llegaba lo
abrazaba porque quería que se sintiera arropado y notase su cariño. Le cantaba
canciones sobre el gran árbol en el cual se convertiría.
Preocupada porque aquello no
fuera suficiente, comenzó a llevar tierra cargadita de nutrientes. Pues el
resto de árboles apenas le dejaban para él. Y así día tras día sin que ella se
percatase, llega el día en que dejo de poder abrazarlo. Aunque aun estaba lejos
de alcanzar su sueño, había creado con todo aquel esfuerzo y se encaminaba
hacia él. La joven le dijo entonces:
has crecido tanto que debo dejarte libre porque ya no puedo abrazarte. Pero
no me iré. Me sentare a tu laso y te acompañare en tu camino.
Así que la joven iba hasta allí y
se sentaba junto a él. Apoyando su espalda en su fuerte tronco y le contaba la historia
de un arbolillo que había conseguido crecer para darle ánimos. A veces tan solo iba allí y pasaba horas
apoyada, solo para que sintiera su compañía. Cuando tenía un mal día se lo
contaba y su fiel amigo le echaba sin rechistar. Ella se desahogaba, se queda
mejor y se sentía más tranquila. Sabía que solo era un árbol. Pero ella lo había
visto crecer y solamente por el tiempo y esfuerzo invertido se merecía algo
más. Había conseguido pasar de ser un
brote a convertirse en un árbol joven, así que para ella no era un simple árbol
más. Su promesa estaba grabada en el
interior de su robusto tronco.
Pasaban los días y uno de ellos
vio para su pesar, como ya no podría apoyarse en el. Se había quedado dormida,
recostada en él y cuando despertar notó el dolor en su espalda. Seguía creciendo
y nuevas ramitas asomaban y le impedían que se pudiera apoyar más en él. Debía dejarle espacio para seguir creciendo. No
podía frenarlo ahora. Ella fue quien lo animo a seguir su sueño.
Pero sabía que había llegado el
momento. Aquel árbol debía seguir ganando altura y coger a sus compañeros. Para
por fin, convertirse en el más verde y frondoso árbol de aquel bosque. Se despidió
entre lagrimas y le dijo:
Volveré algún día para ver cómo te va pero yo ya no puedo retenerte más
conmigo aquí abajo.
Aquella vez fue la primera de todas en que se sintió estúpida
por hablarle al árbol.
Para ella, había sido un
confidente, un apoyo, su ánimo, la fuerza para luchar por su promesa, la
evidencia tangible de todo su mundo interior, del paso del tiempo, del
transcurso de la vida y de ver crecer y florecer a un ser lleno de vida. Era la esperanza en forma de árbol
Pero ella dudaba, sabía que ella
para el árbol ya no era nada. No había nada
que pudiera aportarle. Le había dado cariño, agua, nutrientes… pero ahora su
presencia para el árbol era insignificante. La realidad de que por mucho que le
gritase o le quisiera agradecer el la ignoraría, cayó como toneladas de agua. Todo su cuerpo se estremeció y abandono el
lugar. Con el dolor en la parte posterior de su pecho que le había causado las
ramas que ella había ayudado a crecer.
La joven paso unos cuantos días triste.
Preguntándose a si misma si habría estado engañándose, proyectando en aquel árbol
solo lo que quería ver. Fue después de todo esto cuando se dio cuenta de que debía
ser independiente y buscar su propia felicidad. Tal y como había gritado en
aquella promesa que se perdió en el silencio del bosque.
Prosiguió su vida y no se supo
mas de ella por el lugar hasta el día de su muerte.
Aquella joven había decidido que
al morir sus cenizas fueran arrojadas junto al árbol.
Y dice la leyenda que después de
tal evento, un árbol de aquel bosque se alzo sobre los demás. Forasteros acudían
allí por el boca a boca para ver tal frondosa belleza y verde majestuosidad.
Y así sin saberlo, la joven por
fin fue uno con el árbol que tantos años había estado esperando por ella para
florecer.
Manteniéndose fiel a su palabra y
esperando por aquella joven que sin duda a lo largo de su vida se había convertido
en la más admirable y leal mujer para aquel árbol.